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Cuando un niño juega, lo hace sin utilidad: sin querer aprender o llenar el tiempo. Juega por el mero placer que le reporta el hecho de jugar. Sin duda encuentra cosas jugando que le permiten extender su curiosidad infantil, y esto, a poco que sea algo curioso, le encanta, pero es algo accidental. El juego no se fundamenta en aprender o llenar el tiempo sino en jugar porque sí. Si no, no sería tal.

En este mundo utilitarista no puede haber nada más irrespetuoso que extender esa filosofía a cualquier actividad y realizarla sólo por el placer que nos reporta, sin más: sin pretensión ni promesas a largo plazo, sólo por el deleite momentáneo que nos produce; decía Pessoa en uno de sus poemas “(...) es más extraño que todas las extrañezas / (…) / que las cosas sean realmente lo que parecen ser / y no haya nada que comprender.” y eso precisamente es lo que sorprende de este trabajo de Ignacio Navas: que no hay nada que entender en él porque -y esto sí que puede ser difícil de comprender- lo que ha creado es algo que se ha hecho por el puro placer infantil de deleitarse en el juego, de ser irreverente simplificando el mundo a sus colores para catalogarlos luego como quien colecciona cromos: jugar a resistirse a la complejidad del mundo, pero a fin de cuentas, jugar porque sí.

- Cristobal Benavente

  • Por Ignacio Navas
  • Etiquetas: Color, Fotografía documental

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